Gremio es el nuevo campeón de la Copa Libertadores


La Paz, 30 de septiembre. Unidad de Comunicación del Ministerio de Deportes

Cuando los jugadores del  Gremio de Porto Alegre levantaron la Copa Libertadores este miércoles por la noche en el sur de la periferia de Buenos Aires, algunos minutos después de que su equipo venciera 2-1 a Lanús en la final de vuelta (3a 1 en global), el fútbol sudamericano regaló una postal inédita desde 1963.

La única vez que un equipo brasileño había ganado en Argentina el trofeo más importante a nivel continental había sido 54 años atrás, cuando el Santos conquistó la Bombonera de Boca Juniors. Más de medio siglo después, Gremio emuló al mítico equipo de Pelé. Si miles de argentinos invadieron el país vecino hace tres años, en el Mundial 2014, al grito de “Brasil decime que se siente”, Gremio encontró su revancha poética. Ningún país mejor que Argentina para que un equipo brasileño sea campeón.

En coincidencia con las tres estrellas que bordean su camiseta, una dorada, otra plateada y otra de bronce, para el equipo de Porto Alegre fue la tercera Libertadores de su historia: ya había sido campeón en 1983 y 1995, con lo que justamente alcanzó al Santos y al San Pablo como los clubes brasileños que ganaron más Copas, aunque muy lejos del líder de la tabla, el argentino Independiente, con siete. En un club que lanzó al estrellato a Ronaldinho (jugó entre 1998 y 2002), quien sin embargo no pudo ganar la Libertadores, éste campeón será recordado como el Gremio de Luan, Arthur, Fernandinho y Marcelo Grohe, el portero, acaso el punto más alto del equipo dirigido por el exdelantero del club en la década del 90, Renato Portaluppi, primer brasileño en consagrarse campeón de la Copa como jugador y entrenador.

Si Lanús apostaba al milagro, Gremio le respondió con la historia. Y, sobre todo, con un equipo superior, al que el Real Madrid no debería subestimar en el Mundial de Clubes que se jugará en diciembre en Emiratos Árabes. Aunque la mayoría de las finales de la Libertadores deberían ser declaradas trabajos forzados, la de este miércoles fue una definición sin equivalencias. Mientras Gremio jugó el partido, Lanús lo sufrió de principio a fin, como si la energía que utilizó para su fabulosa campaña en la Copa se le hubiese agotado en sus triunfos ante San Lorenzo y River Plate, en cuartos de final y semifinales, y en la final de ida en Porto Alegre.

Más acostumbrado a este tipo de definiciones, los brasileños se sintieron insospechadamente cómodos durante casi toda la noche, en especial en el primer tiempo, como si el partido se jugara en el Arena do Gremio y no en La Fortaleza. Lanús es un equipo que sin la pelota se siente incómodo y Gremio le ganó el mediocampo en especial a partir de un gran trabajo de Arthur, un talentoso de 21 años que, según algunos medios sudamericanos, está en el radar del Barcelona. Lo que está claro es que muy pronto jugará en Europa: pertenece a una especie en extinción, la de los jugadores que conducen a su equipo con estilo desde el kilómetro cero del mediocampo.

Y encima Lanús, un equipo de la clase media del fútbol argentino que en los últimos 25 años se asentó en Primera División y desde 2006 participa ininterrumpidamente en los torneos internacionales (en la tabla histórica de puntos del fútbol argentino ocupa el 12º lugar, como el Celta en España, mientras que en la tabla de títulos de ligas argentinas, con dos, está 11º, como el Atlante en México), puso su cabeza en la guillotina cuando la serie todavía estaba abierta, a los 27 minutos: el defensor José Luis Gómez erró un pase fácil con su equipo en posición ofensiva y Fernandinho inició una carrera de 40 metros que terminó con un zurdazo alto, imposible para el portero Esteban Andrada.

Lanús, que ya había perdido 1-0 1 el partido de ida sintió el impacto y quedó tan desorientado que, 15 minutos después, permitió que Luan ingresara cómodamente, con un eslalon, al área visitante, para que el delantero brasileño convirtiera el 2 a 0 con un golazo que debería servir como promoción para el Mundial de Clubes.

Con el 3 a 0 del global, la final parecía sentenciada, tiempo basura hasta la vuelta olímpica, pero al comienzo del segundo tiempo ocurrió algo inesperado: Arthur salió lesionado y Gremio, sin su eje del mediocampo, perdió la pelota y la brújula del partido. Sin nada que perder, Lanús se reactivó y gracias a la insistencia de José Sand, el goleador de la Copa, con 9 tantos, generó un penal que el propio delantero cambió por gol.

Con el 1-2, Lanús apeló al tercer milagro de la Libertadores: si ya había revertido dos resultados muy adversos en las instancias anteriores (0-2 ante San Lorenzo y 0-3 ante River), al descuento de Sand se le sumó la expulsión de Ramiro, que le reclamó a Iván Marcone un gesto antideportivo. Faltaban siete minutos, pero sobre todo a Lanús le faltaba fútbol, su principal déficit en la noche más importante de su historia, que de todas maneras no impidió que el equipo se despidiera ovacionado por su gente.

Aunque en América el fútbol todavía resiste como uno de los últimos refugios para la clase proletaria, y la Copa Libertadores es un torneo en el que los clubes más humildes del continente saben rebelarse contra los poderosos, Gremio demostró que merecía ser campeón. Y consagrarse campeón en Argentina, para un club brasileño, siempre vale doble.

Fuente: El País

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