El fútbol boliviano tuvo un maestro: Víctor Agustín Ugarte




Solo a nivel de conjetura. Si Víctor Agustín Ugarte, el tupiceño que emigró a La Paz a los 21 años, habría nacido en la década del 90, seguramente habría en algún club de España o Italia, y los bolivianos nos habríamos solazado por televisión con sus gambetas, quiebres y taquitos.

El “Maestro”, así se lo conoció durante su trayectoria deportiva, nació el 5 de mayo de 1926 en Tupiza, Potosí, entonces próspera población que vivía del comercio, y se veía favorecido por ser uno de los puntos donde los trenes que se dirigían hasta Villazón se detenían largamente para permitir que los pasajeros se aprovisionen de los manjares que ofrecían los niños y las mujeres.

Víctor Agustín frecuentaba la estación de Tupiza, gustaba de hacer amigos, contaba sus inquietudes, sueños y proyectos, como el de cualquier joven que quiere su tierra, pero nunca deja cerrada la puerta de la emigración.

“Si quieres ser futbolista de verdad tienes que ir a La Paz”, le aconsejaron. Aquella sugerencia penetró los sueños del joven que sucumbió a la tentación.

En junio de 1947 decidió viajar a La Paz para probar fortuna. “Voy por algunas semanas; si no me va bien, regreso”, les dijo a sus progenitores. Efectivamente retornó un mes más tarde, pero para recoger el resto de sus pertenencias y establecerse en la ciudad que le abrió las puertas de la fama.

Medía 1.68 metros, de físico esmirriado y andar saltarín, tenía una velocidad física y mental impresionante. Con el balón en los pies era endiablado y poseía una rara habilidad para colocar los balones con precisión milimétrica.

Aquel día

En su debut con la casaca de Bolívar, el 29 de junio de 1947, su equipo perdió frente a Ferroviario 1-2, pero él deleitó a la tribuna por el toque exquisito del balón. Pocos apreciaron su calidad en aquel momento porque Roberto Caparelli y Litoral eran el centro de las miradas

Fue en noviembre de aquel año cuando empezó a escribir sus páginas doradas en el fútbol. En el cotejo frente a Atlético Alianza, y cuando se jugaba los últimos minutos, tomó el balón cerca del área rival gambeteó y dejó en el césped al experimentado “Cóndor” Salazar para anotar el gol de la victoria del equipo celeste, que a la postre decretaría el descenso de Alianza, que nunca más volvería a la primera división del fútbol paceño.

Bendición para Bolívar o maldición para Alianza, aquella jugada merecería una serie de comentarios durante muchos años.

Bolívar, que se jactaba de tener a los mejores jugadores del fútbol boliviano, había dejado partir a Mario Alborta y  “Chingolo” Orozco; necesitaba un crack, una figura, y la presencia de Ugarte le cayó como anillo al dedo.

Bendecido por los dioses del fútbol, el 30 de noviembre de 1947, sólo cinco meses después de su debut, vistió por primera vez la casaca de la selección boliviana, en la inauguración del torneo Sudamericano cumplido en Ecuador.

El partido frente al dueño de casa terminó empatado a dos goles y Víctor Agustín Ugarte mostró sus sutilezas al lado del goleador Gutiérrez y el veloz puntero Orgaz.

“No tienes que ser tan cachañero, tienes que pasar la pelota”, le recomendó el guardameta Vicente Arraya; esta amonestación fue casi una sugerencia para el técnico que ordenó el cambio de Ugarte por Tardío.

Aprendería la lección. Las recriminaciones y los resultados fueron su primera escuela. Justamente en aquel torneo sudamericano en el que participaron ocho selecciones, Bolivia se ubicó en el séptimo puesto con dos puntos, cero victorias, dos empates y cinco derrotas.

Un profesional

En 1950, cuando el fútbol boliviano dio el paso al profesionalismo, Ugarte ya era el jugador mejor pagado, el más mimado, el más dedicado a este deporte.

“Yo no trabajaba mientras jugaba, porque tenía que vivir del fútbol. Los demás se entrenaban dos veces a la semana, yo lo hacía todos los días y cuando no podía ir a la cancha, hacía técnicas en mi cuarto con una pelotita de tenis”, contaba Ugarte, años más tarde, cuando ya se había instalado en la galería de famosos y era el centro de las entrevistas.

No era una historieta. El destacado futbolista vivía en la Residencia Ballivián, y quienes acudían a ese hostal se quejaban de los ruidos que salían del cuarto de Ugarte. “Alguien se la pasa jugando en esa habitación”, se quejaban. El dueño sonreía y se disculpaba, porque tener un huésped de esa categoría le representaba una publicidad gratuita, aunque a costa del machihembre de aquella habitación.

Aunque el cintillo de capitán de Bolívar lo tenía el legendario Edgar Vargas, el dueño del balón, el que ejecutaba los tiros libres y los lanzamientos penal era Víctor Agustín Ugarte, el dueño de la casaca 8, que entonces era el armador del equipo, porque recién a partir de la década del 60 y con el surgimiento de Pelé, la casaca número 10 empezó a cotizarse más que las otras.

Al ver sus filigranas, la forma como manejaba el balón y la sutileza para descolocar a los guardametas, los relatores de la época lo apodaron “El Maestro”, calificativo que lo acompañaría hasta el día de su muerte.

Gol boliviano

El 22 de marzo de 1953, y en ocasión de la inauguración del torneo Sudamericano en Lima, Bolivia, el equipo que en los planes aparecía como el más débil, debutó frente al dueño de casa.

Atacó Perú y se defendió Bolivia, mientras las 50.000 gargantas de los limeños que alentaban a rabiar empezaron a languidecer con el paso de los minutos.

A tres minutos del final, “El Maestro” dejó en el camino a Heredia y con remate colocado superó al  portero Asca. El gol boliviano se escuchó en La Paz a través de las radios peruanas que se captaban en onda corta, y el hecho provocó gran algarabía. En la inauguración del estadio limeño, Bolivia derrotaba al Perú. “Es el gol que más recuerdo en mi vida”, decía Ugarte.

Aquel día, Bolivia alineó a Gutiérrez; Gonzáles y Bustamante; Cabrera, Sánchez y Vargas; Brown, Ugarte, Mena, López y Alcón.

“Ese fue el gol más recordado, pero el más bello lo marcó frente a Rott Weiss de Alemania en 1954. Tomó el balón en medio terreno y con un golpe de taco hizo pasar el balón por encima de un alemán en el medio terreno, lo propio hizo con un segundo con un sutil amague y cuando salió el arquero repitió el golpe de taco, sólo que esta vez el balón se fue a las mallas”, recuerda Iván Aguilar, dirigente de The Strongest.

La Fama

Pronto su fama trascendió las fronteras y los equipos famados le hicieron llegar tentadoras ofertas.

“Ugarte no se va, le daremos una casa en La Paz y otra en Tupiza”, dijo Ballivián, el presidente del equipo académico en 1950, enterado de que el club peruano Sporting Tabaco intentó ficharlo.

“No está en venta, es patrimonio de Bolívar”, dijeron los dirigentes de este club cuando “El Maestro” recibió una invitación para ir a probarse al Real Madrid de España, en 1953.

Hasta que en marzo de 1958, Ugarte viajó a Buenos Aires para enrolarse en San Lorenzo de Alamagro. “El Maestro” seguía los pasos de Vicente Arraya que en 1947 había jugado en Atlanta.

El 23 de marzo de 1958 Ugarte debutó en el Gasómetro con la casaca azul y rojo de San Lorenzo frente a Gimnasia y Esgrima. El partido terminó 3-3. Sanfilippo en dos ocasiones y Ugarte en la restante anotaron los goles azulgranas.

“Gol boliviano, gol de Ugarte” cantaba el relator Mario “Cucho” Vargas, quien relataba un  partido en La Paz y seguía por radio El Mundo de Buenos Aires la campaña de Ugarte en Argentina.

Una explosión de júbilo estalló en las tribunas, donde bolivaristas y strongistas celebraban los goles de Víctor Agustín, “El Maestro”.

Aquel recordado San Lorenzo formaba con Giofre, Martínez, Garibaldi e Iñigo; Reynoso, Montero y Baggio; Herrera, Ugarte, Sanfilippo y Cigna.

Enfermo de melancolía

No más de seis meses duró aquella experiencia, porque “El Maestro” añoraba la tierra y sus costumbres, los días en que no caminaba, porque la hinchada de bolívar solía llevarlo en andas desde el estadio Hernando Siles hasta la Plaza Murillo.

Ya en Bolivia, recibió un bofetón al no ser convocado para la selección de 1961, pero el clamor popular y el pedido de los periodistas lo reivindicó porque fue convocado nuevamente para integrar la selección de 1963, aquella que saldría campeona sudamericana, único logro de esta naturaleza para Bolivia. Ugarte hizo los goles más importantes del equipo y fue un factor clave para obtener el título.

Quienes creían que empezaba el ocaso de su carrera se equivocaron,  pues un año más tarde viajó a Colombia para incorporarse al Once Caldas y jugar al lado de Wilfredo Camacho, el más vehemente y aguerrido de los mediocampistas bolivianos.

Adulado por la prensa, querido por la hinchada del Caldas, Ugarte volvió a enfermarse de melancolía y retornó al país al final de temporada para jugar sus últimos dos años vistiendo la casaca albiceleste de Northern – Mariscal Santa Cruz.

A los 40 años, en 1966, dijo que era suficiente y se retiró.

El equipo de sus amores: Bolívar, no organizó el cotejo de despedida; las promesas de los gobernantes de otorgarle un subsidio especial no se concretaron, sus hijos atormentaron su existencia con muchos problemas. Vivía de lo que ganaba conduciendo un taxi y jugando los fines de semana en las villas.

Entrada la década del 90, “El Maestro” empezó a enfermarse de nostalgia, esta vez de protagonismo. Qué desdén de la vida: fue a la cárcel por garantizar un cheque a uno de sus hijos. Los jóvenes lo ignoraban, los mayores ya no le adulaban, se había acabado su ciclo y el 20 de marzo de 1995 falleció solitario en el Hospital General, recordando los días de mozuelo en Tupiza y las tardes de gloria en el Hernando Siles.

eme

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